martes, noviembre 20, 2007

Libros ¡YA!

Bueno, no encuentro un sitio que guarde los archivos indefinidamente (iluso de mí), así que voy a volver al viejo sistema de delivery mail to mail: yo iré agregando los libros que tengo, ustedes me mandarán un mail a

marianopilberg@gmail.com

y cuando pueda se los respondo con el libro en cuestión adjuntado.

Política de privacidad:
Tus datos no me importan en lo más mínimo, y si no me creés no me mandés mail.

Ahora me siento más importante, con una política de privacidad es otra cosa, che.

Bueno, los libros que hay por ahora son:

- Asimov, Isaac

Fundación

Fundación e Imperio

- Ballard, J.G.

Mitos del futuro próximo

El imperio del sol


- Brin, David

El cartero

- Bukowski, Charles

Pulp

- Burgess, Anthony

La naranja mecánica

- Cioran, Emile

Del inconveniente de haber nacido

- Ellison, Harlan

Visiones peligrosas 1, 2 y 3

- Farmer, Phillip José

Relaciones extrañas

- Kafka, Franz

El Proceso

- Leiber, Fritz

Hágase la oscuridad

- Lem, Stanislaw

Solaris

- Matheson, Richard

Soy Leyenda


- Niestzche, Friedrich

De mi vida

Ecce Homo



- Vonnegut Kurt

Matadero cinco
Pájaro de celda
Cuna de gato








Animación suspendida

La noticia está dando la vuelta al mundo: científicos norteamericanos han probado una técnica de animación suspendida que ha permtido volver a la vida a unos cerdos experimentales después de tres horas sin registros vitales, lo que les ha llevado a solicitar autorización para aplicar esta técnica en seres humanos gravemente enfermos.

El mecanismo del experimento fue -a grandes rasgos- el siguiente: se redujo la temperatura corporal de los chanchitos de 37ºC a los 10ªC en veinte minutos. Luego, se provocó una hemorragia para simular un grave cuadro médico. Tras almacenar debidamente la sangre perdida, cuando los cerdos estaban a punto de morir desangrados, se inyectó en sus venas una solución salina fría, que es la que se usa para conservar órganos para trasplante, y se los mantuvo en ese estado de animación suspendida durante más de tres horas. Finalmente, se extrajo la solución salina y se la sustituyó por la sangre caliente perdida. Los animales volvieron a la vida, sin daños apreciables, después de haber estado clínicamente muertos.

Algún día toda ciencia será magia para el hombre. Mientras tanto, nuestra especie extiende sus conocimientos llevando sus zarcillos cada vez más lejos en todas direcciones.

Sin embargo, para otras formas de vida la capacidad de permanecer en un estado de animación suspendida no es tan milagrosa. Algunos mamíferos, como el oso, lo hacen cada año durante la hibernación. Las semillas permanecen en este estado hasta quie las condiciones ambientales de humedad y calor les indican -vaya uno a saber de qué manera- que ha llegado el momento de germinar. Asimismo, existen microorganismos capaces de permanecer durante largos períodos en estado de vida latente.


Las casualidades no existen. Hoy, después de tres años de permanecer en animación suspendida, TXT /TNT ha movido un dedo.

Ha abierto un ojo.

Ha bostezado largamente.

Y, tras sacudirse el polvo de tantos bits acumulados en su caparazón, ha mirado alrededor.

Bienvenidos a la tercera resurrección de TXT / TNT.

martes, marzo 07, 2006

EL HAMBRE (cuento)


Después de tanto tiempo, es cosa fácil interrumpir el pensamiento y permanecer vacío. Como siempre, como ahora, volverlo a poner en marcha me resulta doloroso.

Pestañeé.

Pestañeé otra vez.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Cuánto en ese escondite húmedo y oscuro? Podrían haber sido siglos: no me importa el tiempo; nada tengo que hacer ni de qué preocuparme.

El olor inundó la penumbra: muy cerca de mí, algo se pudría en la fábrica abandonada. Pero no fue aquel hedor lo que me hizo regresar a la conciencia —un ciruja se acostumbra a eso—, sino el aullido de una sirena y enseguida un taconeo en la oscuridad y corridas y órdenes a voz en cuello y sombras deformadas por linternas a la vuelta de un pasillo.

Ladridos, policías.

Sabía cómo terminaba eso.

Algo en el linyera cubierto por harapos llama la atención del policía. Algo en su mirada. El policía, joven y afeitado, le hace unas cuantas preguntas estúpidas. Por vagas o por desganadas, las respuestas no lo convencen. Luego, si ha ocurrido algo tan grave como para tener que buscar un buen chivo expiatorio, todo puede terminar en unos años a la sombra. Ya me había ocurrido antes, muchas veces. No es el encierro lo que aborrezco, sino la imposibilidad del anonimato: en las cárceles, incluso quienes no tenemos nombre, somos números.

Me incorporé lo más rápido que pude, todavía algo aturdido. Tomé mi ropa húmeda: la bufanda harapienta, el sobretodo andrajoso; el gorro lo llevaba puesto. No encontré los zapatos. Decidí dejarlos.

Vidrios y piedras afiladas me cortaron la planta de los pies cuando caminé, lentamente, por un pasillo oscuro. A cierta edad, es inevitable reducir la velocidad. A cierta edad, uno sólo puede detenerse. Pero yo seguía y seguiré caminando lentamente. Pasan los nombres, las caras, las modas. Todo se vuelve un borrón, una mancha uniforme en la que es imposible encontrar un rasgo distintivo, algo con suficiente solidez como para anclar. Vagabundeo porque no encuentro nada en común con los demás. Yo sólo sigo vivo, tan simple e imposible como eso. Soy una conciencia lanzada, implacable, pesada. Como una flecha, la vida me atraviesa; como un virus me enferma; como un río me arrastra. Y en este río loco, río sin sentido, comer de la basura —preferible mil veces a mendigarles a los hombres— es igual a compartir la mesa con los dueños del mundo. Al fin y al cabo, todo es una mancha, y desde lejos todas las manchas son iguales. Hace falta mirar de cerca, en detalle, para percibir la sutil diferencia que hay entre la vida y la muerte. Y yo estoy lejos, demasiado lejos ya. Veo claramente, porque no distingo los colores.

El pasillo terminaba en una puerta. Por una ventana en su parte superior entraba, difusa, la luz del exterior. Abrí la puerta. Era una tarde nublada y la fina llovizna que caía sobre la ciudad realzaba el brillo de los carteles de neón. Publicidades rojas y amarillas, rojas y amarillas… Me pareció que el espanto desteñía sus colores sobre todos. La gente caminaba apresurada. Dejé pasar a una, dos personas, y me sumé yo también a la fila india de los caminantes, esa hilera inmortal que conozco tan bien. Caminé unas cuadras sin rumbo, apenas una mancha entre otras manchas, hasta que, abruptamente, me detuve en una esquina.

Algo en el aire, casi un olor.

Supe que ella estaba cerca.

“Acaba de pasar por aquí”, me dije, “puedo sentir su olor”. Y la mera idea de que ella estuviese cerca una vez más devolvió la luz a mi alma inmortal, encendiendo una chispa de deseo en algún lugar entre mi estómago y mi vientre. Casi una erección. Casi un espantoso nudo de ansiedad en el medio del pecho. Y bastó la simpleza tan pequeña de esa chispa para que los nubarrones oscuros se abrieran sobre mí. Bastaron ese olor, y esa erección y ese nudo en el pecho, para que el sol volviera a lamer mi piel después de tanto tiempo. Bastó esta tibia certeza del encuentro inminente con mi amada, para que el ruido del tráfico se convirtiera en el rumor espumeante de un río mezclando para siempre sus aguas con las del mar.

Abro los brazos como el judío crucificado al advertir los gritos y las corridas a diez metros. Y sonrío, allí parado, al percibir la violenta onda de una estampida: mi amada se inclina a besarme la frente. Entonces siento entre las piernas aquella brillante luz de placer, al mismo tiempo que escucho el disparo, y sobreviene el impacto en mi pecho, el ardor en mi pecho, la explosión de la sangre en mi pecho.

Después, un segundo nada más hasta que las nubes volvieran a cerrarse, y el ruido de los autos volviera a ser apenas el ruido de los autos: al mirar la roja estrella en mi pecho abierto, comprendí que yo seguía vivo, y volvía a soportar los desplantes de mi deseada. Yo no estaba hecho para ella, no, ni mi frente para sus besos cálidos y dulces. Me tranquilicé al recuperar la lucidez sombría, la irrefutable certeza de que, una vez más, nada había cambiado. Casi me desembaracé con ansia de esa triste imitación mía de la alegría, de esa conmovedora emoción del perro ante su amo.

Miré alrededor.

Una joven me observaba con sus grandes ojos negros de venado. En el temblor de sus pupilas leí, como en un libro, la vieja historia de la sorpresa y el miedo ante el peligro. En los míos ella no habrá podido leer nada, cómo hubiera podido.

De repente pasó corriendo entre los dos un pibe flaco de no más de quince. Parecía desesperado y decidido. En su mano llevaba una pistola. Una grande.

Me palpé la herida, un agujero feo. Debajo de la camisa mugrienta mi sangre empezaba a espesarse. Impasible, miré al chico correr hasta la esquina, donde un policía de casi el doble de su tamaño lo derribó violentamente. No me importó. Ni el tiro ni que lo atrapen.

Volví a mirar a la joven. Me preguntó si yo estaba bien. Con su mano extendida hacia mí, miraba aterrada mi pecho. La sangre chorreaba por el sobretodo, mansa y grumosa, hasta el suelo. Mis pies descalzos resbalaban sobre un charco oscuro.

No le respondí.

Habían vuelto a mí el cansancio, el hartazgo, el hastío fatal.

Me di vuelta.

La dejé ahí, con su miedo y su asombro y su mano de finos dedos apuntando hacia mí, como si quisiera agarrarme o como si me rechazara. La dejé ahí, con su alegría por estar viva, algo que a mí me falta, recuerdo que pensé.

Caminé dos cuadras. Sentí hambre. Abrí una bolsa de basura. Por supuesto, no es que me importe el hambre. Es ese molesto gruñido de mi estómago, esa odiosa sensación de vacío.

Prefiero que se calle porque me recuerda, ese ruido, que a pesar de mis intentos por olvidarlo sigo vivo.

Yerba mala


¿Cuánto? ¿Dos años? ¿Y el blog sigue ahí?

Leo el diario de hoy y me doy cuenta de cuántas cosas han pasado en el país.

La trampa, a mi ver, es la siguiente: las cosas se suceden a una velocidad vertiginosa, como si fuésemos pasajeros varados entre andenes, que vemos pasar los trenes como borrones a nuestro lado, pero que nunca podemos subirnos.

Sin embargo, cuando nos acostumbramos a ese continuo pasar de trenes, descubrimos el verdadero sentido de que "todo cambia, para que nada cambie".

Pesimista, sí, por supuesto. ¿O es que se puede ser optimista con respecto a algo?

Este diario de viaje, esta bitácora, este anotador de ideas siempre bocetadas y nunca pulidas: bienvenido de nuevo a bordo, después de tanto tiempo.

jueves, julio 08, 2004

La Iglesia y su modus operandi

Esta nota la copié de la edición de hoy del diario Página 12 (www.pagina12.com.ar).
Fue escrita por Mario Wanfield y comparto todo lo que dice.



Por Mario Wainfeld
La anécdota ocurrió hace ya bastante tiempo, pero su moraleja conserva vigencia. El Ministerio de Salud buscaba implementar el régimen de salud reproductiva y encontraba escollos en algunas provincias que se negaban a repartir los métodos anticonceptivos suministrados por el gobierno nacional. Entonces se decidió enviar los preservativos y las píldoras (que de eso se trataba, ni siquiera había dispositivos intrauterinos) a través del programa Remediar, que reparte medicamentos en todo el país, sin mediación de los gobiernos provinciales. La resolución llegó a conocimiento de la Iglesia Católica, firme opositora a la Ley de Salud Reproductiva, que había sido votada por el Congreso. Entonces el obispo Jorge Casaretto les informó a las autoridades nacionales que Cáritas renunciaría a ser “auditora social” de Remediar. Era un virtual veto por no decir un apriete. La auditoría social es uno de los controles exigidos por los organismos internacionales de crédito para financiar planes o programas y Cáritas fue elegida por su prestigio. Si Cáritas se retiraba, Remediar entraba en zona de riesgo. El Gobierno se vio obligado a rever su medida. La Santa Madre Iglesia había conseguido torcer el brazo del Estado respecto de una medida decidida democráticamente, tras perder su batalla en la discusión institucional. Un clásico. Hizo uso, como casi siempre, de su poder de lobby, en este peculiar caso basado en uno de sus brazos más prestigiosos.
Se trata de un modus operandi más que conocido. Reducida su influencia social en el ágora pública y en las instituciones del Estado, la jerarquía de la Iglesia Católica acude a la presión para imponer sus peculiares criterios sobre la sociedad y el Estado. Se habla de la “jerarquía de la Iglesia Católica” porque dicha Iglesia es bastante más que su cúpula gobernante. Se habla de Iglesia Católica porque en el mundo –y en nuestro país, Dios sea loado– hay muchas otras iglesias (incluso muchas otras iglesias cristianas) que la Apostólica Romana. Pero, en el lenguaje coloquial de los argentinos y aun en sus expresiones mediáticas más cultivadas, se llama “Iglesia” a la jerarquía cupular de la Iglesia de Roma. El poder –decía Humpty Dumpty– es llamar a las cosas como uno quiere. O aun mejor, lograr que otros las llamen como uno quiere.
En otros terrenos no le va tan bien a “la Iglesia” que viene pagando en el terreno social, y en el mundo de los pobres tan luego, una dualidad creciente. Su severidad hacia los defectos de la gente común, su regresividad en materia de costumbres, su falta de calidez humana contrastan con su cercanía a los poderes fácticos y con los modos monárquicos y distantes de sus dignatarios. Por eso, otras vertientes de credos cristianos le viene disputando con creciente éxito el universo de los humildes, a fuerza de ser más cercanos, más alegres, más coloquiales, a su modo más humildes. Se los suele llamar “protestantes” que es otro triunfo retórico de “la Iglesia”, que fue quien los denominó así. En rigor son otros cristianos.
En los hechos la jerarquía de la Iglesia argentina ha funcionado como un aliado de los peores statu quo, como un freno al cambio, como un ombudsman de la reacción. No debe asombrar, entonces, que el establishment cultural y mediático le atribuya a “la Iglesia” un predicamento moral superior y repita con ensoñación sus diatribas contra los gobiernos democráticos.
Sólo los poderes establecidos pueden hacer, tan alegremente, abstracción de la tétrica actuación eclesial de cara al terrorismo de Estado (que fue impiadoso y criminal con muchos cristianos de base y con sacerdotes cabalmente comprometidos) y su enorme falta de autocrítica. Poco ha dicho la jerarquía sobre su complicidad, nada ha sancionado a los pastores perversos que bendijeron la tortura y los asesinatos. Y se ha privado de honrar debidamente a los mártires católicos asesinado por la dictadura. Tampoco ha dado respuesta, mucho menos sanción, a las denuncias contra sacerdotes acusados de cometer delitos sexuales. Los modos inquisitoriales se reservan al mundo exterior, para adentro todo es piedad.
La designación de Carmen Argibay para integrar la Corte Suprema fue resistida por la jerarquía de la Iglesia Católica. Las razones fueron baladíes: unas declaraciones periodísticas (quizás impolíticas, pero institucionalmente irrelevantes) de la desde ayer jueza. Las razones profundas son evidentes, se trata de una magistrada progresista, atea, independiente. Y aunque no se diga, se trata de una mujer.
Llevada al terreno público, a la luz del debate democrático, la Iglesia perdió como viene ocurriéndole desde la restauración democrática. Como le pasó con la Ley del Divorcio o más ampliamente con la evolución de las costumbres. Su módica victoria en lo ocurrido ayer en el recinto fue generar una polémica arcaica, anacrónica. El senador Eduardo Menem tomó la bandera de la representación del pasado, fue el paladín de un planteo que da vergüenza proponiendo que los ateos deban ser excluidos de los cargos públicos.
Cuentan los que saben que cuando el actual embajador argentino en el Vaticano, Carlos Custer, tuvo sus primeras reuniones fue sorprendido por el interés de la Santa Sede en un tema que no preveía en su agenda: un posible aumento de sueldos de los docentes privados. La Iglesia, que maneja cantidad de escuelas, tenía un interés concreto, patronal. Un interés válido, pero bien distante del aura de etérea espiritualidad que suelen atribuirle sus aliados políticos. Terrenal, tangible, ávida a la hora de disputar dineros y beneficios públicos es la Iglesia realmente existente.
La nominación de Argibay, mujer, jurista de marca, reconocida internacionalmente, es auspiciosa por sobradas razones. Que se haya logrado desafiando y venciendo la oposición del lobby eclesiástico no es el principal motivo de festejo. Pero no deja de tener su encanto.

martes, julio 06, 2004

CARTA A UNA PARTE DEL TODO, O LA PROBLEMÁTICA LIMÍTROFE-CORPORAL

Dado a la ya de por sí difícil tarea de escribir unas líneas a un aparte de mi cuerpo, me topé con una dificultad adicional, mayor: elegir cuál distrito corporal merece, por sobre los otros, ser elegido. No obstante lo desmesurado de mi tarea (discernir qué criterio —fisiológico, geométrico, mera arbitrariedad, sentido común— legitima racionalmente la disgregación de una unidad en partes autónomas), luego de muchas horas de ardua meditación, llegué a una conclusión. Básicamente mi razonamiento fue el siguiente: mi cuerpo, todo cuerpo, es básicamente una unidad que busca permanecer con vida. Esto en el plano inmediato; una mirada más ávida y aguda comprenderá que el valor esencial de todo cuerpo no es sólo sobrevivir, sino trascenderse, esto es, reproducir su hálito de vida en otro cuerpo.

Por ello, concluí con gran satisfacción que la parte de mi cuerpo que merece ser destinataria de una carta es mi aparato reproductor. (¡BRUMBLE-RUMBLE!) Y a escribirle me aboco ahora:

Querido aparato reproductor (¡ALTO!), creo que en esta última etapa (¡PARÁ HIJO DE PUTA! SMUACKI, SMUACKI)… ¿Pero qué significa esto? ¿Quién ha escrito?
—Así que el “aparato”… ¡pero qué bien que hablás, che! Con ese léxico no te vas a reproducir mucho, ¡porque seguro que sos maricón! GRUAC, GRUAC, GRUAC…—(¡…!) ¿Qué ha pasado en el párrafo anterior… no fui yo quien escribió líneas tan insultantes…¡Qué pasa, Dios mío!
—Ah… ¿No fuiste vos? Entonces decime, primero, quién sos vos, y segundo, quién sos vos para elegir una parte de tu cuerpo! SNOORF, SNORFI—(No sé qué pasa, quién habla, o escribe, o lo que sea…)
—Lo que pasa, querido pelandrún, es que ahora vas a empezar a entender quién manda acá…
—(Debo detenerme, recuperar el control, debo parar esta locura, debo parar esta…)
—¡Eso, eso, pensá, papá, pensá! Me hacés reir, je je je je… Loco lindo… A ver, te ayudo a pensar: Pensás con la cabeza, ¿no?, porque a veces me parece que pensás con el culo.— (Dios mío, no me abandones… me enfrento a un espíritu maligno, sin duda… )
—¡Pero qué espíritu, flaco! ¿No te diste cuenta todavía? Se llama GOLPE DE ESTADO, y a partir de ahora, el escribe es éste que está escribiendo, YUM, YUM, YUM, YUM.
— (Pero quién eres y porqué me haces esto?)
—Te ayudo: gracias a mí, la conociste bíblicamente a la Rosita, la morocha de tercer año… ¿Quién soy?
— (…)
—No ves que sos boludo… Dale, decilo, dale…
—…n-n-n-no sé…
—¡Soy MANO! SOY MANO, CRRUACC, ATOLONDRADO, BEERRPPP, SENSIBLE, TOCO-AGARRO-MASTURBO-ARREGLO-ROMPO-MATO-ACARICIO SI-SI-SI, ¡SOY MANO! Y tengo el control ahora.— (Debo pensar, pensar, pensar, esto no está pasando, no, no, no…)
—Mirá, acá estamos los cinco, y la palma también, y a la muñeca la estamos convenciendo, por eso la letra sale movida. Basta de pavadas: pedimos, qué digo, demandamos un trato más justo, que se nos reconozca el sacrificio que hacemos… ¡La de veces que me ensuciaste, lastimaste, saplicaste con tus líquidos más inmundos… sin mencionar las minas que te llevaste a la cama gracias a mis caricias… Vos querías dividir el cuerpo, pero resulta que… ¡me separo sola! Y la carta, ahora, la escribo yo, y se la dedico a la mano. — (Pero en ese caso no sería una carta, sino un diario íntimo, mano)
—Se la escribo a la mano izquierda, pelotudo, y vas a ver como te cago: Querida mano izquierda…— (¡AJÁ! Así que es la derecha… a ver, mano izquierda, alcánzame por favor esa hacha de cocinero. Muchas gracias).
—…desde la última vez que entrelazamos nuestros dedos, en la nuca de este imbécil…¡ARGHH! ¡NO! ARGGH ¡TRAICIÓN! ¡NO! AGRGRGGRrrpprrmueeerooohhfffffffffff…

(Control retomado. La casa está en orden. Sigo como si nada, no me afecta lo ocurrido… aunque el muñon me arde hasta lo indecible,y la sangre que mana es mucha… nada que un buen torniquete no pueda arreglar. Pero una tarea es una tarea, y sólo después de escribir mi carta, acudiré a un hospital.

Querido aparato reproductor:
Quiero que sepan que, de ahora en más, deberán empezar a intimar con la mano izquierda, que ahora les escribe. La mano derecha… se fue, ya no está (y esto es una advertencia para todo aquel traidorcillo que quiera oírla, sí) , pero confío en que lo vamos a superar, porque somos una gran familia, todos nosotros, partes del cuerpo…